A veces hay cosas que sabemos, pero preferimos no ver. Como que dependemos demasiado de recursos que no tenemos. Como que hemos levantado buena parte de nuestra comodidad sobre cimientos que no controlamos, y que cuando se tambalean — por una guerra, por una disputa arancelaria, por una sequía — no solo suben los precios: se nos desordena la vida entera.
La guerra en Ucrania fue un golpe de realidad, como también lo están siendo las tensiones con Estados Unidos y el vaivén de los precios del gas, como si fuese normal vivir al borde del colapso cada pocos meses. Pues no lo es. Ni sostenible, ni justo, ni inteligente.
Frente a eso, las energías renovables se presentan como una posible salida. No son perfectas, pero es posible.
El sol, el viento, la tierra: todo eso que ya está y que no hay que importar. Las energías renovables no son solo una apuesta por la eficiencia, son una forma de recuperar independencia. De dejar de vivir dependiendo de decisiones tomadas muy lejos de donde sufrimos sus efectos.
Pero no basta con querer hacer las cosas bien, también hay que saber cómo hacerlas. Hay que tener en cuenta los tres pilares del desarrollo sostenible y evitar parques eólicos en zonas sensibles, estaciones fotovoltaicas que se extienden sobre terrenos agrícolas, proyectos que prometen sostenibilidad pero se instalan sin escuchar al territorio…
Y cuando eso ocurre, lo que se pierde no es solo paisaje o biodiversidad: se pierde confianza. Una confianza sin la que no hay transición posible.
La energía renovable no es buena por defecto (…) y la transición energética (…) será compartida o no será.
Hay que decirlo claro: la energía renovable no es buena por defecto.
Lo es cuando se implementa con criterio, con escucha, con respeto.
Cuando no responde solo a urgencias económicas o intereses privados. Cuando las decisiones se toman con la mirada puesta a largo plazo y no solo en la rentabilidad inmediata.
No se trata de frenar el desarrollo renovable. Al contrario: necesitamos avanzar ya. Pero también necesitamos hacerlo bien porque si lo hacemos mal, corremos el riesgo de repetir el mismo modelo de siempre, solo que con otra etiqueta.
He trabajado cerca de esto y sé lo fácil que es dejarse llevar por la urgencia o por las cifras.
Necesitamos un nuevo equilibrio que no va a encontrar nadie solo. Ni las administraciones si legislan sin escuchar, ni las empresas si desarrollan proyectos sin pisar el terreno, ni las personas si solo reaccionamos cuando el proyecto ya está asentado en la linde del campo.
La transición energética no ha de ser solo técnica. La transición energética será también política, ética, territorial. Y sobre todo, será compartida o no será.
Este momento que vivimos —incierto, inestable, difícil— puede ser también una muy buena oportunidad. No en el sentido convencional de «vamos a aprovechar para crecer», sino en el más profundo: el de revisar qué entendemos por energía, por bienestar, por futuro. Sobre todo porque si lo hacemos bien, si caminamos juntos, puede que esta vez el cambio no llegue tarde.
La energía renovable, como toda acción humana tiene un impacto, negativo en muchos casos. Pero la pregunta no es si las energías renovables son buenas o no. En mi opinión, la verdadera pregunta es: ¿Qué alternativa tenemos que sea mejor?
Hagamos algo bueno.

